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| Era fabuloso ver completo el avión en el que ibas a volar. |
En la víspera, para mí era maravilloso ir con mi mamá a comprar el boleto a las oficinas de Juárez y Balderas, en pleno centro de la Ciudad de México. Pues desde allí ya comenzaba la aventura y la emoción. Días después, cuando llegábamos al aeropuerto a documentar la maleta y escoger los asientos de una tabla — o “rack” con el tipo de avión que iba a operar el vuelo— desde el que de un modo directo, los agentes de tráfico despegaban el “sticker” para pegarlo en el pase de abordar. Desde que escogía la ventanilla, ahí mismo, ya se me quería salir el corazón . Al cabo de un rato, después de escuchar el anuncio de la salida del avión por el altavoz: “Mexicana de Aviación anuncia la salida de su vuelo…”, uno tenía que caminar por la plataforma para subir por la escalerilla a un precioso tetramotor DC-6, a un Súper Cometa o a un Boeing 727-100.
Cuando el viaje iba a ser en “La aerolínea que va para arriba”, la historia comenzaba entonces en la oficina de boletos de “Aeronaves de México”, que estaba en el elegante edificio estilo francés de la avenida más señorial de la ciudad, el Paseo de la Reforma. Ya en el aeropuerto, esa era la gran ocasión para admirar, ya fuera desde la sala “B” con sus gigantes ventanales o desde su terraza al aire libre, la magnificencia de un DC-8 o el “moderno” y elegante diseño de esas pequeñas maravillas del “Caballero Águila”, el DC-9-15 ó 32. La emoción siempre era la misma. ¡Íbamos a volar, y de qué manera…!
Hasta en los vuelos más cortos a la playa, los amables sobrecargos siempre ofrecían un pequeño refrigerio, un vaso grande de refresco o jugo, y café, siempre café. En las travesías más largas, si eran horas de desayuno, comida o cena, estas eran en grande. A mí siempre me parecían un festín, que comía con fruición mientras veía el mundo allá abajo. A veces me preguntaba si así veía el mundo Dios.
Por esto y por mucho más, para muchos de nosotros la "era dorada" de la aviación en México no es un sueño lejano o sólo un mito. Es una realidad que muchos disfrutamos desde siempre, con uniforme o sin él.
Sob. Marcelino=Herrera.

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