Translate

lunes, 21 de octubre de 2013

DE LA MAGIA DE VOLAR

Era fabuloso ver completo el avión en el que ibas a volar.

La gran mayoría de los que fuimos tripulantes de cabina, ya amábamos la aviación muchísimo tiempo antes de siquiera soñar con ser sobrecargos. Yo quería mucho más a mis avioncitos que a mis cochecitos, trenes eléctricos o demás juguetes. Yo siempre tenía aviones, muchos aviones. Además, lo que hacía que terminara de "sellar" bien mi idilio con los aeroplanos, es que a mi hermana y a mí, nos llevaban de viaje a lugares muy bonitos. Pero los más esperados y emocionantes eran aquellos en los que nos íbamos a ir en "Mexicana” o en “Aeronaves de México" o su filial, “Aerolíneas Alimentadoras”, sí, la del bimotor Twin Otter, que no llevaba sobrecargo, porque sólo tenía 18 plazas.

En la víspera, para mí era maravilloso ir con mi mamá a comprar el boleto a las oficinas de Juárez y Balderas, en pleno centro de la Ciudad de México. Pues desde allí ya comenzaba la aventura y la emoción. Días después, cuando llegábamos al aeropuerto a documentar la maleta y escoger los asientos de una tabla — o “rack” con el tipo de avión que iba a operar el vuelo— desde el que de un modo directo, los agentes de tráfico despegaban el “sticker” para pegarlo en el pase de abordar. Desde que escogía la ventanilla, ahí mismo, ya se me quería salir el corazón . Al cabo de un rato, después de escuchar el anuncio de la salida del avión por el altavoz: “Mexicana de Aviación anuncia la salida de su vuelo…”, uno tenía que caminar por la plataforma para subir por la escalerilla a un precioso tetramotor DC-6, a un Súper Cometa o a un Boeing 727-100.

Cuando el viaje iba a ser en “La aerolínea que va para arriba”, la historia comenzaba entonces en la oficina de boletos de “Aeronaves de México”, que estaba en el elegante edificio estilo francés de la avenida más señorial de la ciudad, el Paseo de la Reforma. Ya en el aeropuerto, esa era la gran ocasión para admirar, ya fuera desde la sala “B” con sus gigantes ventanales o desde su terraza al aire libre, la magnificencia de un DC-8 o el “moderno” y elegante diseño de esas pequeñas maravillas del “Caballero Águila”, el DC-9-15 ó 32. La emoción siempre era la misma. ¡Íbamos a volar, y de qué manera…!


Hasta en los vuelos más cortos a la playa, los amables sobrecargos siempre ofrecían un pequeño refrigerio, un vaso grande  de refresco o jugo, y café, siempre café. En las travesías más largas, si eran horas de desayuno, comida o cena, estas eran en grande. A mí siempre me parecían un festín, que comía con fruición mientras veía el mundo allá abajo. A veces me preguntaba si  así veía el mundo Dios

Por esto y por mucho más, para muchos de nosotros la "era dorada" de la aviación en México no es un sueño lejano o sólo un mito. Es una realidad que muchos disfrutamos desde siempre, con uniforme o sin él.

Sob. Marcelino=Herrera.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario